Memento mori.

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Cuando nació Francisco quería bajarme de la camilla y entrar a parir de nuevo, no daba más de la alegría de tener un pibe, no podía creer lo maravilloso que había sido el parto; quería miles más. Al cabo de un año y poco ya me había olvidado de la etapa nefasta que son los primeros larguísimos 12 meses de un bebé, y ya estaba esperando al segundo. Hasta el día en que llegué a casa quería uno más, pero un bebé recién nacido más uno de dos años bastante celoso y caprichoso me hicieron desistir irreversiblemente. No tener tiempo para hacer nada para mí, ni para la pareja, ni para nadie, pese a que es lo que ocurre cuando tenés hijos, no es algo que quiero para los próximos cinco años. Ni dos, ni uno. Por lo que ambos ya hemos decidido recurrir a métodos definitivos de anti concepción. 

Aunque aunque estemos en el siglo XXI y ya existan las impresoras 3D y el plástico resistente al calor, sigue habiendo personas que consideran egoísta la decisión de no tener tantos hijos como nuestro reloj biológico nos permita (y ni que hablar de las mujeres, hombres, o parejas que directamente no quieren tenerlos, a quienes, si bien nunca cuestioné, hoy entiendo perfectamente).

Entonces para cuestionar mi decisión me dicen que de la parte pesada te olvidás: de los dolores de parto, de no dormir en las noches, de los vómitos, de los cólicos, de que no podés hacer casi nada mientras el nene dependa de vos, de los berrinches y ataques de celos del más grande. Yo no me quiero olvidar, yo no quiero vivir más esa etapa, ya la viví dos veces, los amo y los disfruto, pero ya no quiero más. Si es necesario voy a sacar fotos Polaroid de mi cara ojerosa y las voy a escribir con un Sharpie: “10 de julio de 2014: dormiste 3 horas de corrido, HACELE UNA VASECTOMÍA A TU MARIDO”, como Leonard en Memento.

 

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De nena.

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Hoy, hace un rato, Francisco agarró en el parque un cochecito de juguete con un bebote y se puso a pasearlo, como siempre. Una nena de unos 5 años lo advirtió, se acercó corriendo y me increpó, con cara de mala de telenovela mexicana (María Joaquina de Carrousel de niños, sería un ejemplo perfecto): “-¿Es nena?” “-¿Parece nena?”, le dije. Silencio. “Pero está jugando con un juguete de nena”. Me llamé al silencio. La nena se fue corriendo (yo no le quitaba la vista de encima; su cara y su tono de voz me sugerían que había algo más) a buscar a su hermano menor, de 4 años quizá y lo trajo al lado de Francisco, de un año y 8 meses: “Mirá, juega como nena, ¿es nena?”, volvió a preguntar. Entonces el nene comenzó a “pisar” a Francisco con su moto de juguete diciéndole: “Nena, nena”. La madre, riendo, (SE REÍA. ¿OK?) se acercó a mirar. Se ve que ver un varón con un coche de bebé para esa familia es como ir al circo. Le pregunté: “¿A tus hijos no los ha paseado nunca el padre o un abuelo? Porque creo que están confundidos, dicen que eso es de nena”. Bueno, si sus hijos hicieron gala de su reaccionaria educación, ¿por qué no puedo preguntar yo acerca de su violenta concepción de lo masculino?

Si bien me gustaría creer que Francisco agarra el coche sabiendo perfectamente que está jugando al “papá”, sé que hay una cuota de “agarrar el juguete y moverlo de acá para allá”, como hace con cualquier juguete ajeno que ve. Sin embargo, el besa al bebote, lo abraza: algo se imagina.

Evidentemente, hay personas que aún conciben la crianza de un niño como algo femenino. Y, por la reacción de esos dos nenes, consideran lo femenino como algo malo, denigrante, digno de insultos. Estas mujeres, víctimas del machismo tradicional que las rodea, terminan sufriendo una suerte de “síndrome de Estocolmo”, siendo cómplices y generando lazos, no con captores, pero con normas tradicionales establecidas para despreciarlas y reprimirlas.

Me llené de tristeza, me dio la impresión de que nos negamos a cambiar, a evolucionar, a tolerar. Me imaginé a esos nenes a los 15, o a los 20, tan reaccionarios como sus padres o abuelos.

Pero al rato había una cola de nenes pelando por pasear el coche, mientras sus padres los miraban felices. Ojalá seamos la mayoría.

Lo que no quiero

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Uno de los pocos temores que tuve durante el primer embarazo y el nacimiento de Francisco fue el de, poco a poco, convertirme en una persona que deja de ser todo lo que era para ser “mamá sobre todas las cosas”.

Durante el primer embarazo no pensé en mi misma como “mamá”, sino como mujer embarazada. Decirle hijo a Francisco me costó unas cuantas semanas, le decía “bebé” o “Francisquito”. Nada tiene que ver esto con el deseo de tenerlo que siempre tuve, por supuesto.

Es verdad que no hay vuelta atrás, una vez que parís sos “madre”, al menos en el sentido social de la palabra. Cuando no estoy con mi hijo no soy “mami haciendo otra cosa”, más allá de que el título lo llevo 24/7, ¿se entiende? Me da terror imaginarme como “mami trabajando”, “¡acá mami se escapa de la rutina y sale con las otras mamis que le encajaron el pibe al padre así podían salir!”, o “¡¡¡mami se pone linda en el gimnasio!!!”.

Me niego con rigor: yo soy Irene, que además de ser madre, laburo, amo cocinar, leer, viajar, estar en internet, filmar, y ni en pedo voy a un gimnasio.

The BIg Apple con la criatura

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Hace varios meses decidimos volver a New York. Con un niño es complicado ir a este tipo de ciudades en las que caminar es indispensable, por eso decidimos volver ahora, cuando al pibe lo metemos en el coche y listo. Lo organizamos con tiempo, investigamos sobre diversos barrios hasta dar con la casa apropiada y se me ocurrió que podía poner los hallazgos y piques acá para quienes tuvieran pensado viajar con un bebé.

1. Si vas a ir a NY con un bebé, recomiendo que hayas ido antes, ya que va a ser difícil que puedas ver y conocer los “obligados” de la Manzana. En todas las atracciones: Estatua de la Libertad, Empire Estate, MoMA, Met, etc., tenés que hacer colas largas, pasar controles tipo aeropuerto, dejar bolsos en guardarropas, y demás protocolos que se vuelven tediosos cuando estás sólo, así que imaginate con un bebé que llora, se caga, se quiere bajar del coche  y caminar entre una multitud, por nombrar unos pocos detalles.

2. Ir en nuestra primavera, en septiembre más o menos. Ya en octubre hace mucho frío, hasta nieva (nosotros fuimos solos un 27 de octubre, el 29 nevó y el resto hizo 1 grado).

3. No quedarse en Manhattan: es muy ruidosa, llena de gente, es otra movida, aunque puede haber barrios, no sé, cerca del Central Park que estén buenos, pero no me quiero imaginar lo que puede salir alojarse ahí.

4. No quedarse en un hotel: son carísimos y no tienen ni desayuno ni wifi. De locos.

5. ¡Quedarse en Park Slope! Un barrio increíble, en Brooklyn. Cuando nos pusimos a buscar, en varias webs y blogs leímos que le decían “el barrio de los cochecitos”, teníamos un parque GIGANTE (Prospect Park) a dos cuadras, veredas anchísimas, un local de comidas y súper cada dos metros, los findes los niños y padres organizaban ferias, vendían frutas frescas, y cosas usadas y antiguas en las puertas -precisamente en las escaleras- de sus casas: ideal. Comprobamos el primer día que, efectivamente, era el barrio de los cochecitos; las veredas estaban llenas de coches dobles, coches con carrito extra para hermanitos más grandes, parecía joda. La casita de Park Slope la conseguimos acá: onefinestay.com , aunque hay otras páginas. En este barrio tenés la línea F del subway que te lleva a Manhattan por la 6th, o sea que donde te bajes vas a estar cerca de “todo”. Además hay un Barnes & Noble gigante con su espacio para “estacionar cochecitos” (posta) y para que los niños jueguen mientras te tomás un café y tratás de no comprarte todos los libros y juguetes que hay.

6. Ir a Coney Island. En la misma estación de la línea F que te lleva a Manhattan, pero para el otro lado, está la F que te lleva a Coney Island. Ese lugar es increíble, su estética de los años 30, su playa, los panchos, es re lindo y si tu pibe ya disfruta del agua y la arena te lo va a agradecer. Está a unos 25 min en subte de Park Slope, 50 min de Manhattan.

7. La comida es un tema. No sé qué tal comen uds., pero en general la comida en NY es horrenda. Horrible, hasta lo más parecido a algo “occidental y cristiano”, como unos fideos con salsa tiene gusto al óxido de algo que salió de una lata. Sobre todo en Manhattan. Hay una zona por la 9th y la 50th en la que abundan restoranes indios, thai, incluso argentinos, en los que se come bien por poco (tres adultos por USD28). En Park Slope descubrimos un restorán Thai a dos cuadras que estaba bueno, y ahí Francisco comía tranquilo. Y algún que otro Mac & Cheese o “meatball”. La fruta es de terror, aunque se pueden encontrar buenas variedades en los “green markets” (hay muchos en Park Slope), sobre todo si tiene etiqueta de algún país viejo y conocido (como Ecuador), si no tienen todas gusto a nada y parecen de plástico.

Creo que es lo más importante. Algún día contaré de cuando Francisco hizo la caca más enorme y olorosa de su vida en Times Square y lo tuve que cambiar en el piso de un local muy grande de Levi’s.

Puerperío: ¿qué lo qué?

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Durante mi primer embarazo viví las 40 semanas desconociendo la existencia del siguiente vocablo: “puerperío”. Hasta después del parto, lo que venía después era: “cuarentena” (40 días que culminan cuando te sacan los puntos de la cheicon y te dan el alta, entre otros cambios físicos) y la temida y posible “depresión post parto” (no sé exactamente cómo es pero me imagino una depresión como las comunes, pero peor).

Sabía que al nacer la criatura todo iba a cambiar, obviamente ni me imaginaba cuanto. Pero sinceramente no me dio el tiempo para pensar mucho más que “¡uh, mirá, un pibe que llora más de lo que duerme, que se caga cada vez que toma teta y encima la caca es líquida y como es líquida se le suele escapar por los costados del pañal, hay que lavar ropa como 9 veces por día, y yo no puedo hacer nada de nada para mí!”

Aparentemente, puerperío abarca más que “cuarentena” (a pesar de que etimológicamente significa eso). Off the record, me han dicho que es una “etapa de instrospección”, que la madre “se cuestiona, se sensibiliza” o atraviesa “crisis”. No me queda claro si viene a ser una depre post parto más suave o si una cuarentena más jevi. O ninguna de las dos. Lo único que sé es que recuerdo haber lagrimeado dos o tres veces los primeros días porque veía que el bebé era muy chiquito y frágil y tenía miedo de lastimarlo con sólo tocarlo. Después, ni tiempo para acordarme de mirar para adentro, cuestionarme o pensar en mucho más que no sea un método para que duerma o calmarle los cólicos o cómo lavar ropa sustentable pero rápidamente.

Y ahora que se viene el segundo, ya sé lo de la ropa y lo de los cólicos, y espero que duerma.